En
pleno clima de descontento social ante la clase política, llega a nuestro país
la práctica de los escraches latinoamericanos como forma de
manifestación pacifica con el fin de defender los derechos humanos. La
diferencia entre los escraches y el resto de protestas radica en que
este nuevo método realiza su acción directa en el propio domicilio o lugar de
trabajo de los políticos. Esto supone una manifestación que a pesar de ser
pacifica, resulta molesta y problemática para los afectados, y que
además pone en jaque la cuestión sobre la decencia o no de esta práctica.
Algunos miembros de los grandes partidos políticos, sobre todo del grupo
parlamentario que ocupa la presidencia en este momento, ya han declarado su
total disconformidad ante estas molestas manifestaciones. Es lícito
que den su opinión y que puedan sentir horror al ver a los escraches cerca
de sus hogares, pero llegar a definirlos como organizaciones filoetarras,
o de carácter nazi es un horrible intento de deslegitimar algo
que es totalmente legítimo. Las manifestaciones no violentas en torno a
domicilios privados están totalmente reconocidas por el derecho internacional,
por lo que este tipo de ataques por parte de los parlamentarios contra los
colectivos que luchan por sus derechos no pueden permitirse. Cualquier protesta
de forma correcta es un derecho de todos, innegable, por lo que no
necesita justificación. A la clase política no le queda más remedio que
hacer frente a las duras críticas de la opinión pública y aceptarlas para
intentar solventar el descontento por el que producen.
